Cuento infantil: Horacio Huevo

La desdichada historia de Heriberto Omelet

Queridos amigos, tengo malas noticias.

Corren malos tiempos para la tradición, para la pausa, para la rutina. Hoy en día, cualquier actividad está sujeta al arbitraje de la fugacidad. Todo se mide en función de los terabits. El ahora ya no cuenta y el después ha ganado la partida. ¡¡Y la tecnología ha jubilado al dios Kronos!!

¿Dónde han quedado aquellos tiempos en los que se saboreaba el instante? Era otra época... pero ¿era mejor? Casi me atrevería a afirmarlo con nostalgia.

Pero, por excepción y desgracia, no fue así para nuestro protagonista.

Os contaré la desdichada historia de Heriberto Omelet. Un hombre que no supo resistirse a una buena tortilla de patata.

Heriberto nació en el seno de una familia humilde de mediados del siglo pasado. Eran pobres, sí. Como casi todo el mundo tras la posguerra. Pero nunca les faltó auténtica comida en la mesa. Su madre preparaba platos tradicionales con el cariño, tiempo y esmero que solo una auténtica ama de casa era capaz de hacer. Actualmente ya no abundan las denostadas amas de casa. Y las pocas que se hacen llamar así son como un mal sucedáneo, pues están más preocupadas de pasar más tiempo en el bar con sus amigas que en pararse a elaborar platos de calidad.

Pero no quisiera desviarme, así que continuaré con la historia.

Podría decirse que Heriberto nació con un don. Su gusto y olfato estaban desarrolladísimos casi ya desde la cuna. Y eso le permitió comprobar que todos los preparados que su mamá le hacía mientras misteriosamente era empujada a sotavento por su orondo padre, sabían muchísimo mejor. Por eso, y a pesar de que sus hermanos insistieran en que fuera a jugar, Heriberto siempre buscaba la forma de quedarse junto a su madre mientras ella cocinaba. Así con el tiempo llegó a convertirse en un pequeño chef de la comida doméstica y casi un experto en maridaje.

Todos los guisos le encantaban, pero solo un preparado lo tenía subyugado. La tortilla de patata.

Estaba maravillado por el ritual de su manufactura y tan lejos llegó su obsesión que devino en avidez. A tal extremo llegó ésta que el médico de familia recomendó a sus padres el obligar por la fuerza al niño a diversificar su dieta, so pena de caer en la anemia.

Con esa deriva era poco previsible que las cosas fueran a mejor y no sé si por efecto de la gravedad o porque la cosa ya era grave, se precipitó la caída.

Un día que llegó demasiado temprano del colegio, al entrar distraídamente en la cocina, sorprendió a su padre de espaldas en plena coyunta mientras la tomadora elaboraba a la vez y a su vez una suculenta tortilla de patata. Contrariamente al rechazo y la vergüenza que esa situación suele provocar en un hijo, se quedó extasiado ante la magnética conjunción de sexo y comida. Así se vio movido a seguir observando discretamente las evoluciones de sus progenitores. Y ahí se produjo en Heriberto la mutación del placer sexual en placer culinario.

Cuando por fin se sentó a la mesa creyó desfallecer ante lo que denominó como el mejor manjar del mundo. Masticaba con sumo cuidado, casi con mimo, cada uno de los trozos que meticulosamente iba seccionando. Y no era capaz de comprender como sus voraces hermanos se comportaban como bestias insensibles ante semejante ambrosía.

Tras el éxtasis, llegó la realidad. Nunca más volvió a probar un manjar semejante.

Con el tiempo la prosperidad fue ganando espacio en la familia Omelet y eso hizo que Heriberto pudiera probar otra clase de platos más refinados. Con todo, ninguno pudo sustituir el recuerdo de aquella tortilla. Su forma, su textura, su color, su olor y, sobre todo, aquel sabor tan racial.

Como la situación económica había mejorado sustancialmente, Heriberto pudo ingresar en una carrera. Con mucha esperanza, sus padres lo enviaron a estudiar abogacía a Salamanca, pero inexplicablemente fracasaba con estrépito en cada convocatoria. La causa no fueron las consabidas juergas a las que era invitado por sus conmilitones, sino la ingente cantidad de horas baldías que el muchacho pasaba masturbándose mientras intentaba con denuedo repetir la tortilla de sus anhelos.

Tras el periplo universitario el joven logró ingresar como funcionario del Estado. En el curso de preparación conoció a una chica rolliza que compartía sus gustos por la cocina y así, entre visita y visita a la máquina de café, fue surgiendo el amor.

Tras lograr el mismo destino decidieron casarse. Su luna de miel fue un derroche de pasión sexual y degustativa. Pero lo mejor, la vuelta al éxtasis pensaba Heriberto, seguro que estaba por llegar. De hecho, lo tenía totalmente ideado.

Al finalizar el viaje de novios se mudaron a un desvencijado piso con aire bohemio. No era gran cosa, pero a ellos les pareció un buen lugar para dar sus primeros pasos como familia. Lo arreglaron como buenamente permitió su escaso pecunio y con una cama, un pequeño sofá, una televisión con peana y, sobre todo, un nutrido menaje de cocina, decidieron aventurarse en la convivencia diaria.

Una noche de verano decidieron cenar tortilla. Y en aquel momento, mientras su adorable y rosada esposa batía los huevos con fervor y el fuego lento propiciaba el sutil gorgojeo de las patatas en aceite, el hombre comenzó a ejecutar su plan.

Con delicadeza, rodeó por la retaguardia a su mujer y tras un reconfortante abrazo comenzó a besarle la nuca. Instintivamente, ella aumentó el ritmo de batida. Para cuando las manos entraron en contacto con los voluptuosos pechos, el batido se hizo casi frenético.

La chica, ya rendida entre manoseos y sabrosos olores, procedió a sacar las patatas del fuego y a tirarlas sin mayor miramiento sobre el aglutinante. Esa acción provocó las consiguientes salpicaduras, yendo alguna a parar sobre uno de sus hombros ya desnudos. La jugosa mezcla de huevo y aceite ya era más de lo que Heriberto podía soportar, así que se abalanzó a lamer desaforadamente aquella turgencia mientras desgarraba con pasión las braguitas comestibles que le había regalado a su parienta esa misma tarde.

Cuando su amada, ofreciéndole su pomposo trasero, volcó la deliciosa amalgama sobre la sartén, el fuego que animaba a Heriberto había alcanzado casi la misma intensidad que el que abrasaba a esta. Y así, casi con violencia, procedió a efectuar la cópula.

El furioso vaivén que nuestro protagonista le imprimía a las bamboleantes posaderas de su entregada pareja ayudaba a que pudiera menear acompasadamente el preparado que ya se cocinaba a fuego lento.

Pero no solo la tortilla estaba casi a punto. También la tragedia que estaba por llegar.

La mujer, al contrario que su marido, estaba más enfocada en culminar que en darle la vuelta a la tortilla. En espasmódica conjunción con el embriagante orgasmo, procedió a ejecutar la suerte suprema, pero con tan mala suerte que el dorado tesoro fue a parar a la cara de Heriberto, que profirió un alarido más propio de la frustración que del dolor. Esto provocó un infarto en el taquicárdico corazón de nuestro amigo y su mujer, al sentirse todavía aprisionada y en delicado equilibrio, se agarró a uno de los endebles armarios con tan mala suerte que devino sobre su cabeza precipitándose todos sobre el terrazo en una muerte homérica.

La moraleja de esta historia es obvia, mis queridos lectores. Cocina y sexo merecen atenciones separadas y no se puede realizar uno sin desatender al otro. Que los placeres de la carne y de la gastronomía conjugan tan bien como los ingredientes de la tortilla de patata ya era algo conocido por el antiguo imperio romano... pero solo cuando han sido cocinados aparte.


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Comentarios

  1. Muy buena moraleja, no se puede decir misa y repicar las campanas y es que hay mezclas que el azar pueden producir explosiones. Sigue trasteando...

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