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Luces. Destellos. Ruido.
Estoy sentado en la esquina. Tengo varias personas agitadas a mi alrededor. Casi todas me hablan y algunas gritan. Pero sobre todo una de ellas. Parece querer aconsejarme. Interpreto que otra me anima y, a la vez, restaña mis heridas. Y una última me da un pequeñísimo trago de agua.
No escucho.
No siento nada.
Solo recuerdo.
Recuerdo el vacío. La ausencia de mis padres bajo un cielo plomizo. La soledad frente aquel edificio gris y sombrío. Recuerdo aquel suelo seco de gravilla y mis zapatos de niño, viejos y rotos, flanqueados por dos pequeñas maletas mohosas.
Tengo un nudo en la garganta y no puedo tragar la escasa agua que me dan. La escupo.
El mismo nudo que me atenazaba mientras veía abrirse aquella oxidada verja metálica. Y el hedor y la náusea cuando se acercó el clérigo frente a mí. Olor a rancio. A cerrado.
El dolor también huele.
Siguen gritándo y hablándome. Manos y agua sobre mí. Quiero levantarme y escapar. Pero no puedo.
Como en mis recuerdos.
Miro hacia atrás y atisbo una salida. Hay una pradera en cuyo límite se aprecia un bosque.
Suena una campana.
Como movido por un un resorte, me giro y salgo corriendo hacia el bosque. Escucho voces. Me persiguen. El aire frío y seco me quema los pulmones. Me cuesta respirar, pero no me voy a rendir. Sigo...
Un golpe.
Me hace volver a la realidad. Ha entrado como un puñal en la boca de mi estómago. Casi no respiro, pero ya conozco esa sensación. La he combatido antes... hace años. Y vencí!!!
Me levanto. Hay muchos destellos. Las voces me persiguen, convertidas ya en gritos como truenos. Tomo una buena bocanada de aire y avanzo. No me voy a detener y nadie lo va ha poder impedir. Los recuerdos se agolpan en mi cabeza. Sigo confuso, pero mi determinación se convierte en furia y la canalizo hacia mis manos.
Ya no corro hacia el bosque, pero no puedo parar de golpear. De repente, alguien me abraza y me dice que ya todo ha terminado, que he ganado... pero no sé qué ni a quién.
Mi respiración se va acompasando, aunque todavía no puedo razonar con claridad. Los recuerdos siguen ahí, en mi cabeza. Alzan mi brazo. Aplausos.
Silencio.
Ya no tengo que huir. Ya puedo pararme.
Miro a mi alrededor. Estoy solo en un vestuario. Por fin respiro relajado. Me cambio y salgo en dirección contraria a la muchedumbre.
Es de noche y está oscuro. Estoy en el cementerio con una botella de licor en la mano. No sé cómo he llegado hasta aquí. Bebo unos tragos. El calor que me proporciona el alcohol es reconfortante, pero hace que comiencen a aflorar los dolores de mi maltrecho cuerpo. Y también las emociones.
Estoy frente a la tumba de mis padres. Y ya puedo liberarme y llorar como un niño. En paz.
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