Había una vez un huevo que se llamaba Horacio. Era un huevo nacido huérfano y criado en el orfanato municipal. Con el tiempo, y gracias a su habilidad para la oratoria, su honradez y su bonhomía, se convirtió en un personaje muy honorable y querido en toda la comarca de Huelva. Allí se había hecho hueco en la sociedad, habitando en una coqueta casita de planta oval con un pequeño huerto y emplazada en una hermosa ladera que nacía desde una hondonada orientada hacia el este y con vistas al océano.
Horacio era un huevo con hábitos muy marcados y para nada un
holgazán. Gustaba de levantarse muy temprano. Siempre a la misma hora con
cartesiana puntualidad y mirar al horizonte con su humeante taza de café
mientras pensaba "A ver por dónde sale hoy el sol" Y, tras la aurora,
como de costumbre, reflexionaba sorprendido "¡Hala! ¡Ha vuelto a salir por
el lugar habitual!", pues herméticamente albergaba la esperanza de lograr
la hazaña que le permitiera descubrir que el astro rey podría amanecer por otro
sitio.
Un día, habiendo pasado una mala noche, se despertó con
pesadez en su huevera más tarde de lo acostumbrado. Fue la lógica consecuencia
de su avidez al haberse hartado en la cena con unas indigestas habas con
chorizo. Y, para cuando la hinchazón le permitió hacerse dueño de sus
pensamientos y tomar conciencia de la situación, consideró que para entonces
quizás el sol ya se habría alzado. Este hecho novedoso le provocó una honda
preocupación.
"¡Qué horror! ¡Qué hecatombe!" Pensaba, "¡Hoy
helios se me ha escapado y seguro que ha salido por otra ubicación!"
Su desasosiego era tal que empezó a perseguir con la mirada
al huidizo sol que inexorablemente se escapaba hacia el oeste. Salió de su casa
todo lo apresuradamente que su oblonga figura le permitía y se afanó en su
búsqueda. El bueno de Horacio corría casi sin hálito y tan absorto estaba
fijando su desesperada mirada en la lejanía que no reparó en el accidentado
camino que estaba recorriendo. Como era de esperar, tropezó al hincar las patitas
en uno de los hoyos de la calzada y se dio de bruces contra el pavimento. El
estallido salpicó las hierbas del sendero y se pudo oír con estruendo en todo
el concejo, pues huelga decir que se trataba de un orondo e hipertrofiado
huevo. Y así, por desgracia y víctima de su pretenciosa heroicidad, termina la
historia de Horacio Huevo.
P.D.: Dos habitantes del lugar que por allí pasaban hablando
amigablemente, se fijaron en la enorme huella que los restos de Horacio habían
dejado en el piso y que ahora eran devorados por las hormigas. "¿Qué es
eso?!!!", exclamó uno de ellos horrorizado. "No lo sé...",
contestó el otro hosco y con desdén, "... pero, realmente, ¡me importa un
huevo!"
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